Lo primero al llegar a
Madrid el viernes fue visitar el
Caixa Forum tras esperar una cola que parecía más importante de lo que fue en realidad. El edificio, por fuera y por dentro, es original, espacioso y moderno. La cafetería tiene unos precios asequibles y unos
croasanes para repetir.
En la planta primera, una exposición de arte contemporáneo con creaciones de
Mario Merz y
Miguel Barceló, entre otros. Yo me quedo con
El Orden de los Ángeles de
Anselm Kiefer aunque cada una de ellas te lleva un rato digerirlas. En la segunda planta está
“El Pan de los Ángeles. Colección de la Galería de los Uffizi. De Botticelli a Luca Giordano”.
¿Qué puedo decir aparte de que me encantó? Añadiré algo más, de lo que ya comenté en el anterior post dedicado a la exposición, uniéndome al sentir del comisario de esta exposición y director de la pinacoteca italiana, Antonio Natali: “El cuadro de Allori es el más emblemático y simbólico de esta exposición. Todo el resto no tendría sentido sino se cierra con esta pieza, en la que la Virgen mira el cáliz con la sangre de Cristo”, refiriéndose a la composición de Alessandro Allori (1581), en la que la Virgen aparece junto a los símbolos de la pasión de Cristo, sobre un verso de Dante: «No se piensa en cuánta sangre cuesta».

Y ya fuera del edificio, está la exposición de esculturas de Igor Mitoraj que representa un paso más en la voluntad de acercar el arte a la comunidad. Esta iniciativa pionera, saca el arte de las salas de exposiciones para devolverlo al espacio público y permitir que establezca un diálogo con la arquitectura. En total son veintiséis obras las que se presentan en esta exposición, distribuidas por el paseo del Prado de acuerdo con las indicaciones del propio artista, transformando el paisaje cotidiano de la ciudad de Madrid y estableciendo con quienes las contemplan una fuerte empatía.
Igor Mitoraj es un creador singular. De origen polaco, aunque nacido en Alemania, ha recuperado el espíritu del arte de Grecia, de Roma, de los grandes maestros de la escultura del Renacimiento. Sus obras monumentales se inspiran en los temas de la historia y la mitología, reinterpretándolas desde una perspectiva contemporánea. Son imágenes enigmáticas, de dioses, héroes y figuras mitológicas, que toman las calles y plazas de las ciudades e interrogan a los ciudadanos sobre grandes temas que preocupan a los hombres: la razón y la espiritualidad, la violencia o la belleza.
Tras estas dosis de cultura urbana el sábado, con -3º bajo cero, camino del noroeste de la provincia de Guadalajara a recorrer una serie de pueblos que forman un conjunto singular por utilizar en la construcción de sus viviendas lajas de pizarra y piedra oscura, de ahí el nombre de la arquitectura negra. Pueblos en los que los muros, cubiertas y pavimentos conforman conjuntos de gran uniformidad cromática y de un particular atractivo.
La ruta partió desde la Campiña, concretamente en Jadraque, en el valle del Henares, donde el Castillo del Cid (s.XI), en lo alto de un cerro desde el que creíamos volar, sirve de preámbulo para adentrarse en la Sierra Negra. El castillo se llama del Cid, porque en el recuerdo popular queda la idea de haber sido conquistado a los árabes, en el siglo XI, por Rodrigo Díaz de Vivar.
Otra parada obligada en Jadraque es la Iglesia de San Juan Bautista (s. XVII), reconstruida en 1662 sobre el solar de la antigua por el arquitecto Pedro de la Villa Monchilán, siendo la portada de poniente barroca con elementos manieristas.
Desde Jadraque nos dirigimos a Cogolludo, donde comenzamos a divisar la majestuosidad del Pico Ocejón que, con sus 2.048 metros, domina toda la comarca. Y se convierte en referente de la ruta. Cogolludo posee un Palacio Ducal renacentista (s. XV) que fue construido por orden de don Luis de la Cerda, dirigiendo las obras el arquitecto Lorenzo Vázquez (1492-primera década del siglo XVI). Su alargada fachada rectangular, almohadillada, recuerda a las de los palacios florentinos. Está considerado monumento desde 1931.

También destaca su Plaza Mayor del siglo XV, que está presidida en su flanco oriental por el palacio gótico-renacentista de los duques de Medinaceli. Cogolludo también tiene castillo, enclave musulmán, del que partían las murallas que rodeaban por completo la villa y que fue conquistado por los cristianos siendo sus últimos poseedores la familia Medinaceli; y la Iglesia de Santa María (s. XVI) al pie del castillo, data de la primera mitad del siglo XVI.
Tamajón fue el siguiente pueblo por el que pasamos y vimos su Ermita de Nuestra Señora de los Enebrales (s. XII), el Palacio de los Mendoza de estilo plateresco (siglo XVI), y la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción (s. XIII).
Como el hambre apremiaba, empezamos a buscar un lugar donde repostar. Casi creíamos que íbamos a tener que conformarnos con las naranjas sevillanas que llevábamos en el maletero -estaba todo lleno, y ese todo no eran más que dos o tres mesones rústicos mal señalizados, que encontramos por el camino-. Finalmente, fue en Campillo de Ranas donde nos dieron de comer, en un restaurante que pertenece al Centro de Turismo Rural llamado AldeaTejeraNegra. No os lo aconsejo. Es caro y no corresponde a la calidad que te ofrecen -la carne estaba más congelada que yo ese día-.
Tras el sablazo de la comida, y ya nevando sin parar, nos fuimos a Majaelrayo uno de los puntos de mayor encanto, pasando por pueblos de las sierras noroccidentales de Guadalajara como Campillejo, El Espinar, Robleluengo y Roblelacasa. Muestras características de la Arquitectura Negra de Guadalajara donde las grandes superficies de pizarra sirven de cubiertas a las casas. Extraídas del entorno natural, trabajadas con paciencia, son estas grandes lajas pizarrosas las que dan color a los pueblos y nombre a esta arquitectura popular.
La Arquitectura negra se convirtió en blanca por la nieve. El paisaje, lleno de ovejas, vacas y toros nevados, fue un camino hacia la belleza pura, en estado natural. Fuera de cualquier rastro de civilización. La cultura espiritual que emana de los prados en estado salvaje. Una gozada.